Manolo Ballesteros

Barcelona, 1965.

Las líneas de Manolo Ballesteros, realizadas a través de pinceladas sutiles, crean formas geométricas que gradualmente se apoderan del lienzo, originando formas caprichosas. A veces, estas composiciones geométricas son el resultado de la combinación de planos de color. El uso del color suaviza la frialdad que parece poseer estas composiciones por defecto. Su arte es intuitivo, espontáneo y sin un mensaje implícito donde su creación habla por sí misma.

Durante los últimos años su trabajo ha experimentado en el campo de la abstracción, jugando con la complejidad geométrica a través de la uniformidad de los pigmentos y la reducción de los perfiles. Como resultado de estas investigaciones, su trabajo más reciente es un reflejo de la convergencia de formas redondeadas en un fondo monocromático donde el espectador se sumerge en un arte enérgico y dinámico.

El mayor argumento con el que la obra de Manolo Ballesteros sobreviene es la inmediata, soberana y tenaz presencia. Una presencia llena de cosa que se  llama sí misma y que desde su silencio parece enmudecer la propia posibilidad de interpretación. Las pinturas de Manolo Ballesteros parecen no decir más que lo que hay, el valor de la superficie de la pintura en sí, su materialidad-y no parece que haya otro modo lógico de hablar de ellas-.Pero como sucede en la mayoría de los artistas abstractos o no objetivos, estas pinturas hablan de lo concreto a la vez que glosan el mundo, hablan de pintura y asimismo, pues, de conocimiento, de espíritu, de totalidad.

Extracto del texto de Miquel Molins del catálogo de la exposición en la Fundación Vilacasas, Barcelona.

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