Manolo Sánchez

Sevilla, España, 1964

Paisajes exquisitos como resultado de un remolino controlado de manchas que surgen de una paleta de colores reducida y opuesta: una cálida, basada en amarillos y marrones, que favorece la memoria del verano, frente a una fría, basada en plomo azul y gris, que , en coexistencia con la mancha verde eterna, parece predecir una tormenta o presagiar un invierno frío.

Todas las obras de Manolo Sánchez requieren una mirada lenta. Requiere que nos detengamos uno por uno, mientras que sin darnos cuenta, todos los sentidos están activados. Desde sentir el aire de tormenta o la humedad del mar, hasta el calor y la melancolía que nos transmiten sus naturalezas muertas. Retractor de objetos cotidianos, (berenjenas, calabazas ...) el pintor realiza un estudio de ellos desde diferentes cuadros, lo que muestra no solo el gusto del artista por la naturaleza, sino el conocimiento que tiene. En sus obras, los objetos se ennoblecen no solo por la forma de presentarlos, sino por las cálidas gamas de color y la cálida luz que los rodea.

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